ottobre 23, 2006

Sobre eso

¿Sobre mi vida? Comienza cuando mi cuerpo tenía ya quince años de utilidad. Siendo así, abría que comenzar, como es la mala costumbre, por el principio.

Los padres de mi cuerpo, supongo yo por el resultado, provocaron en una mañana de marzo lo que en una calurosa tarde de diciembre se llevó a cabo. Desde ese momento, el 27 del susodicho mes de 1986, hasta pasados ya tres lustros, mi cuerpo, nominado como Cristóbal Bley Banda, fue habitado por un tipo que no dejó demasiado: estrepitosas subidas de peso, (largos y extenuantes) silencios, mal gusto y discreción, algo de cariño y una personalidad apedreada por los voraces atentados sicológicos de sus contemporáneos. Quince prolongados años de eso y no mucho más. Fútbol en los ojos mas no en los pies, solitarios viernes por las noches y la mínima expresión de amistad. Hasta que, sin explicación aún, arribé a este soma al que se le veía un futuro mejor, en relación a ese pasado tan nada. Fue una invasión, sí, pero a largo plazo, lenta y sin apuro. No se desarrolló como el desembarco en Normandía, sino más bien fue como la Guerra de Arauco, pero en su versión más pacífica. Me tomé todo el tiempo de la vía láctea para desalojar, sigilosa y progresivamente, a este inquilino que tan poco había hecho con un organismo que tenía un potencial decente de acuerdo a mis aspiraciones. Me quedé con sus recuerdos, claro está, para no cometer los mismo errores y para no desencasillar a una familia sólida como una torre de naipes: una carta que se da vuelta y plaf, dos vidas endemoniadamente amables y destruidas se terminan de incinerar en menos de lo que ladra un perro. Pero no, para qué, evitar el incendio de este hogar tan involuntaria pero cariñosamente constituido fue un acierto, si al final los terminé queriendo como si hubiese sido yo el que salió de ese útero, el que provino de esos testículos. Y asimismo me fui apoderando de este cuerpo, aprovechando las circunstancias temporales para provocar un crecimiento físico acorde a los cambios de arrendatario que se estaban llevando a cabo. También modifiqué el tono y el volumen de una voz que solía ser débil; eliminé esa detestable costumbre de masticarse los dedos y desarrollé, en cambio, una merma en el peso que inclinó algunas miradas ingenuas. No se pudo con todo: el descontrol capilar fue imbarajable, lo mismo que la fineza en las extremidades o esa timidez que desespera y aburre y termina con todos los sueños y desvelos sentimentales. Pero todavía queda tiempo para evolucionar, se ha avanzado ya un trecho. Fue duro, a pesar de lo minucioso, el cambio de mando. Mi llegada no fue tan bien recibida, y los días de abisal soledad, que las sillas y el cuaderno, la rubia que hace como que mira y luego sin mirar dice que quizá, que te he mirado, y un coqueteo a distancia que casi provoca la dilatada autodestrucción. Días soleadamente oscuros, con zapatos que apretaban y con un salvador, el fru que llegó justo a tiempo, invitándome a tomar esa decisión que tan pocos toman, y que por timidez y vértigo tampoco tomé. Es que eran alturas infranqueables, y mi falta de apoyo gramatical y metafísico mareaban a cualquiera. Aspiraba a mucho más, pero los días grises de sudor digital y de Niandra Lades, un pasado vacío e insumergible, próspero de inutilidad y de una paz tan vaga como aburrida, días con sabor a pomelo inmaduro, a silla escolar y a alfombras verdes; noches interminables, sentado acostado tirado desparramado en un suelo madrugador que no respondía, en un segundo piso crujiente, con gritos casi sonámbulos que obligaban a una respuesta incontestable en una estadía inútil que sólo prolongaba esos sueños que parecían tan reales, que era cosa de estirar el bazo y alargar los dedos masticados para tocarlo, para tenerlo y quizá sentirse realizado. Pero no, la timidez y esos sueños son sólo sueños y ni siquiera, un sueño tiene tanto de contable.
Pero ahora soy, siempre soy; nunca fui, nunca seré.

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